Aquí nada se rompe

Por Layla Sánchez Kuri*.

Después de ver los 6 capítulos de Romperlo todo, lo primero que me cuestiono es: ¿Para qué público está realizado el tan nombrado, criticado, aplaudido, menospreciado, analizado, “memeado» y hasta crucificado documental que da una vertiente histórica del rock en algunos  países de América Latina producido para Netflix?

No hay duda que es un producto para públicos masivos, para el gran consumo promovido desde los medios de comunicación de banda ancha como lo es Netflix,  la primera plataforma en internet que ha dado jaque mate a la televisión al captar la atención de las audiencias, para quienes elabora productos de mucha mejor calidad que la llamada caja idiota, en  el mundo globalizado.

En términos de calidad, la producción cuenta con todas las credenciales para que la mercadotecnia lo lleve a girar y girar con un lenguaje universal fácil de digerir para las nuevas generaciones, para quienes no son especialistas ni puristas del rock ya que es un producto “ligero”  para sus expectativas.

Como toda historia del género es incompleta e insuficiente pues no se trata sólo de la música. El rock and roll que por economía llamamos rock, es una cultura desdoblada en varias propuestas; es un modo de vida que involucra ideas, creencias, estética, corporalidad. Una manera propia de ver el mundo.

En pocos términos, cumple su cometido. Una producción con suficientes recursos monetarios para generar ganancias económicas. Dinero llama a dinero, dicen.

Y a todo esto, me gusta el contenido cuando teje las voces del rock con el contexto histórico del eje central – comercial conformado principalmente por México, Argentina, Chile y  Colombia y en la voz principal Gustavo Santaolalla, aunque desde una perspectiva latinoamericanista, nos queda a deber bastante pues falta conocer la escena del resto de países de la región.

No me gusta ese afán de querer comparar una banda, un o una cantante con la referencia inglesa o gringa. El rock de manufactura latinoamericana ha superado esa etapa. Hay que descolonizar a nuestro rock, reconocer que hay sonidos del sur con voz propia y propuesta, a pesar de las influencias.

También hay que despatriarcalizar la escena. Aunque abre un espacio para abordar la presencia femenina, en el trayecto de los 6 capítulos sus voces se escuchan poco. Aparecen como un pequeño inciso al final, y el tratamiento alude a que esto es un fenómeno nuevo cuando no es así, las mujeres han estado desde el principio.  La reciente ola violeta que corre por Latinoamérica  las ha visibilizado y ha denunciado al machismo evidente del ambiente rockero que las ha callado en la historia oficial, con algunas excepciones.

No me desagrada. No rompe nada pero entretiene. * Layla Sánchez Kuri. Ciudad de México, 1969.  Académica de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Comunicóloga, latinoamericanista, radialista,  investigadora en temas de comunicación y feminismo, y melómana.

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