Celebrando a Sigfrido, tallerista de música mexicana

ORLANDO CANSECO. Para MH RADIO. 25 de julio de 2015. Eran cerca de las tres y media de la tarde cuando llegué a la pulquería “El sol nace para todos”. Había sido invitado por Leticia, jaranera del nuevo grupo Atecocolli.

La reunión era para celebrar de manera sorpresiva, el cumpleaños de su profesor Sigfrido Ozelopan, quien forma parte de los talleristas de la Casa de la Música Mexicana S. C. que forma cuadros de músicos para la conservación y desarrollo de la música mexicana.

Sigfrido es modesto, de carácter afable. En verdad, me da mucha alegría verlo. Él no deseaba festejarse. Mucho relajo para los preparativos. Sus alumnos lo hicieron venir desde su casa porque le dijeron que necesitaban su tarima de manera urgente en la pulquería, pero en realidad, era sólo un pretexto para que llegara.

Antes de su llegada, su prima Flor, Leticia y su novia, fueron adornando el espacio con globos de colores que llevaban en la parte superior, una hoja de papel de china. Dos hilos largos atravesaban parte del local que los sostenían. El calor de la tarde y la luz del sol, iluminaban el interior de la pulquería cada vez que las puertas se abrían al llegar más invitados.

Sigfrido estaba contento. Sus alumnos y otros jaraneros le cantaron las mañanitas estilo jarocho. Lo saludo y le abrazo. El fandango había comenzado. Largas piezas de son se cantaron. Algunas parejas se paran a bailar. Dejo por un momento la cámara y me dispongo a tocar. Sigfrido me ensaña los acordes e intento acompañarlos. Es una tarea ardua y cansada cuando no estas acostumbrado.

Luego vendría la piñata. Una piñata con forma de minion. La abraza y juega con ella. Parece un niño de repente. La altura del local no es tan alta y la piñata no puede elevarse más. Todo es gracioso: el pequeño minion, la altura de Sigfrido, sus ojos vendados, la piñata a la altura de su cabeza. Tiene que sentarse para poder golpearla. Todos reímos.

Hace calor y salgo un buen rato a la calle. La música continúa y el género musical cambia. Se escuchan ya canciones vernáculas. Unos más se despiden. El cielo aún es claro y me agrada. El aire sopla fresco. Cada vez que se abren las puertas, veo desde fuera a Sigfrido bailar.

Vuelvo a entrar un rato más. La noche va cayendo lentamente. Ha sido una fiesta muy bonita y llena de alegría. Me despido de Sigfrido y hay felicidad en su rostro. Es maestro y sus alumnos lo admiran y respetan de manera desenfadada. Sigfrido es de esos maestros sencillos que aman lo que hacen y de ahí el reconocimiento que le hiciéramos todos los que llegamos a felicitarlo este sábado por la tarde.

 

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