De confinamientos e incendios juveniles. La travesura mortal de Ocotepunk

Por Edgar J. Ruiz Garza

Cada generación hereda de sus antecesoras una cierta carga mesiánica, decía Benjamin; a cada une de nosotres nos son dadas las armas de nuestro tiempo para redimir a nuestros muertos y muertas. Hay a quienes sus predecesores pusieron sobre el rostro pasamontañas y akacuarentaysietes en las manos; a otres les pusieron herramientas, máquinas de coser, telares, hojas de cálculo, coas, corbatas, cazuelas, tuppers, anafres y azadones. A algunes más les heredaron la noche, la creación, el disenso, los mitos de la rebeldía y del cuerpo y la mente indómitos. A todes la historia nos puso cantos en nuestras voces y lenguas, colores en nuestras pieles y ritos y rutinas para entender los ciclos de la vida y los vínculos entre entidades humanos y no-humanas. A algunas personas y colectividades, las generaciones pasadas les dejaron el olvido para empezar de cero, a otras, les legaron memoria para resistir.

El juego también es resistencia. Sea desde el encierro en una habitación paseando los pulgares por el screen de un celular o jugando un videojuego mientras afuera desde una “casa loca” departen los sicarios; sea desde los confines de una super-terracería de la información o desde un centro de detención para adolescentes migrantes, siempre hay tiempo para jugar. Jugar a migrar, jugar a luchar, jugar a hacer la fiesta, jugar a escapar, jugar a sobrevivir, jugar a vivir. El juego, esa forma creativa de olvidar y resistir, a medio camino entre vivir el presente tal cual es y futurear, es un arma que redime de la carga de la muerte, es un arma mesiánica. Y no es fácil observar el arsenal cuando se ha hecho costumbre dejar de jugar. El juego es un ritual al que no a cualquiera se le invita a participar a menos que se lo tome en serio: el futuro, la ruptura, la supervivencia son siempre cosas serias.

Hablando desde mi experiencia como antropólogo situado en el cruce entre lo juvenil, lo musical y lo creativo, y en medio de ese umbral en que las personas jóvenes me dicen que ya soy viejo, no siempre ha sido fácil blandir el arsenal del juego como una herramienta de liberación. Sólo la música me lo ha proporcionado y no siempre la experiencia del científico social al crear música resulta un dato relevante para la investigación académica. Mi tesis de Maestría e informes caben pues, en un puñado de canciones que son más bien flashazos, postales o instantáneas de escenas brevísimas al abstraerme de la investigación; ¿cómo reivindicar la propia sensibilidad como un referente cargado de sentido cuando se trata de hacer abstracción de la sensibilidad de los otres? Sólo el propio encierro lo puede hacer posible, en tanto que la memoria y la tecnología se vuelven los móviles de la experiencia.

La Pandemia me ofreció la posibilidad de capturar un instante en una canción que es work in progress. Me hizo rescatar un instante de peligro destinado a desaparecer de mi memoria de cuando hice campo en Ocotepunk, el pueblo – espacio – percibido que sienten y viven como propio las y los jóvenes zoques punks de Ocotepec, en las montañas nororientales de Chiapas, para quienes la noche les devuelve un espacio otro que se desdobla mientras los viejos duermen. El día es de las escuelas, el trabajo en la milpa y el huerto familiar; de las madres con sus dietas saludables y los coros de la iglesia; la noche es del Foro Laberinto, de las redes sociales imploradas a manos alzadas hacia el campanario de la parroquia de San Marcos. La noche es escape, la noche es el juego de los seres encanto habitantes del Ipstäjk, laberinto o inframundo de los zoques u ode pøt.

Para las y los ode pøt, el confinamiento no es una elección; la misma permanencia de su lengua es producto de ser el último confín antes de llegar al volcán Chichonal que en 1982 arrasó con todos los pueblos aledaños, excepto Ocotepec. Su confinamiento ha convertido a la juventud en una fuerza laboral migrante desde la década de 1960. Su confinamiento es la causa de que Ocotepec sea una suerte de metrópoli zoque en la que encuentran eco todas las tendencias de las ciudades a las que van sus juventudes trabajadoras. En Ocotepunk, en la fiesta se Santa Cecilia, conviven el sonidero, las alabanzas, el rap, la cumbia, el ska y el rock urbano. En Ocotepunk se hace posible que el Haragán abarrote en la feria de San Marcos la plaza pública y que, por supuesto, existan bandas de metal, ska, punk, hip hop y rock en lengua zoque.

Para llegar a Ocotepunk hay que atravesar los vestigios del desarrollismo estabilizador de los 70s y 80s. Desde Tuxtla Gutiérrez a Ocotepec, se recorren los linderos del sistema de presas hidroeléctricas en las que los ode pøt dejaron de ser campesinos para convertirse en obreros. Montañas adentro, los proyectos extractivistas de hidrocarburos concesionados hablan por la vorágine neoliberal, en la que los ode pøt aprendieron a ser migrantes en Ciudad de México, Playa del Carmen, Guadalajara, Chicago, Texas o Nueva York. Y en esos caminos, a través de esos paisajes sonoros móviles, se ha movido la música norteña, el hip hop, el rock, el ska y la cumbia. También los tocadiscos y las marimbas. A través de tendidos eléctricos, tuberías y parabólicas la fuerza de trabajo expulsada se permuta por telenovelas, internet pirata y canciones que se asientan ahí donde la música es un ser encanto a ritmo de tambores y flautas de carrizo.

Y los niños y las niñas juegan, son adolescentes en realidad; quizás antes de los veinte ya se hayan tenido que casar o migrar, pero mientras juegan. Patean balones, ruedan aros, truenan cuetes y compran chicharrones en el atrio de San Marcos mientras un megáfono anuncia la próxima misa o el próximo mitin. A los ode pøt les han expulsado hasta a sus muertos a las orillas del pueblo; las casas grises de concreto emulan las periferias de la Ciudad de México a más de mil kilómetros de distancia. La presidencia municipal prometió viviendas, escuelas, luz eléctrica, telefonía celular, etc. La violencia entre los jóvenes de barrios enemigos toma la forma de una guerra de pandillas. Es junio de 2017 y Ocotepunk está que arde; presidencia municipal le ha fallado de nuevo al pueblo de Ocotepec. Y los niños y las niñas juegan mientras Miguel Pérez y yo hacemos esta canción [VA LA CANCIÓN]:

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