Desiertos (de ciertos) azules y una luna que juega y canta

por Ifigenia Muluk*

La gente que me conoce no cree que me daba pena hablar (en alguna época de la infancia). Recuerdo que no coincidía mi voz con la imagen que veía en el espejo, pues escuchaba una voz gruesa y ronca, mientras veía la imagen de una niñita.

Me hice cantante después de los 20 años de edad, a pesar de que ya me había echado algunos palomazos con un par de bandas durante la adolescencia. La primer agrupación musical en que canté se llama Dadart. Una propuesta de fusión dentro del espectro del metal, doom, death, progresivo, folk y algo de jazz. Las letras estaban escritas en inglés, son introspectivas, tratan acerca de la mitología nórdica, e incluyen poesía oscura. En aquel entonces bailaba danza contemporánea, así que hacía mis “performances porno-gótico-pachecos” (como decía Vikthor, uno de los guitarristas, cantante, compositor y tecladista). Realicé un videoclip y algunos visuales para las presentaciones en vivo en un teatro. A Dadart llegué cuando ya tenían 2 discos (demo) grabados. No pude escribir canciones con ellos, aunque con frecuencia me pidieron que lo hiciera.

La segunda banda a la que pertenecí se llamaba “Sanluisito Tropical”, me encantaba su música y me consideraba su fan. Éramos amigos y salíamos a los pulques, a los toquines y a tirar desmadre. En un inicio fui invitada para hacer coros, casi de inmediato me quedé como vocalista. ¡Vaya experiencia! Era una banda muy querida por el público, pero ¡qué gente tan difícil! Éramos tantos y tan distintos integrantes, la mayoría hombres, sólo una percusionista (que tocaba muy cabrón, por cierto), y yo.

Llegar a acuerdos colectivos era de lo más complicado porque ¡nada les gustaba! Usábamos canciones del primer disco, mismas que compuso en su mayoría el cantante anterior. Yo me integré cuando ya habían grabado su primer disco-demo. Aunque quiero de corazón a la mayoría de aquellos integrantes, reconozco que en muchas de sus actitudes eran re machines.

En algún momento comenzamos a componer canciones nuevas. Yo no tenía conocimiento, ni experiencia al respecto, pues venía de disciplinas distintas: la danza contemporánea y el audiovisual (unos años antes había debutado con mi primer documental titulado “Hikuri Jam” que trataba de la escena musical, tribus urbanas, identidades, etc).

Esto coincidió con el momento en que el activismo artístico llegó y se instaló en mi vida. Entonces, mis primeras canciones eran activistas, hablaban de problemáticas sociales, de la pobreza, de los pueblos indígenas mexicanos, de nuestras raíces: ¡y que me mandan al carajo! A la mayoría no les interesaba tocar estos temas, mucho menos hacer música con ellos. Obviamente me decepcioné, me sentí poca cosa y terminé por abandonar el proyecto.

En la época del Sanluisito Tropical, yo acababa de regresar de las comunidades zapatistas en Chiapas y aquellas experiencias marcaron mi vida. Decidí que dedicaría gran parte de mi trabajo desde las Ciencias de la Comunicación y desde el arte a hablar de lo que no está bien, de lo que necesitamos transformar como seres humanos, como cultura y sociedad.

Los apasionados encuentros con la música en los últimos años me dejaron “deseosa de más”, sedienta de aquella droga que sale de adentro, que se respira, se baila y se siente en todo el cuerpo, estaba eriza de la adrenalina que te regala el escenario.

Sin embargo, algo cambió. Ya no sólo quería cantar, quería escribir de todo eso que revoloteaba en mi interior y al exterior. Estudié un poco de solfeo y después me fui a vivir al Distrito Federal en busca de conocimiento, hambrienta de nuevas experiencias.

Allá nunca pude hacer música porque me dediqué a la gestión y promoción cultural en el Faro de Oriente y los nacientes FARO’s (en áquel entonces). Mi necesidad de hacer música se desbordaba y aunque seguía escribiendo, no se presentaba la posibilidad.

Con el paso de los años, seguía terca en mi necesidad e inquietud musical. A pesar de que me junté y experimenté con muchos músicos y algunas ideas se concretaban, nunca florecieron del todo. Así pasaron casi 10 años, en los que me dediqué a la creación audiovisual, a la docencia, al activismo en defensa de la tierra y la naturaleza (en Cerro de San Pedro y Wirikuta), así como al feminismo (que llegó al último).

Ahora me percato de que en muchas de mis actitudes y cuestionamientos hacia mi entorno, tenía muchas bases feministas. Mi madre es mi gran influencia e inspiración en ese sentido. Ella protagonizó grandes rupturas y renacimientos en la concepción que tenía del “ser mujer” y del “deber ser”. El movimiento de mujeres en mi ciudad (San Luis Potosí, capital), nos llevó a la creación de una batucada feminista llamada “Vulvasónicas”, con la que aprendí una forma de educación popular por medio de las consignas y los tambores. Una forma festiva y transgresora de tomar las calles y hacer protesta. Gracias a Mar Cruz (mi sensei de batucada), descubrí la resistencia a partir del cuerpo: marchar tocando y cantando bajo el sol, lo que honestamente resulta agotador. La batucada es también una forma de creación musical y de contenidos, aunque no todas las consignas eran del agrado de las mujeres que nos escu- chaban en las calles, por ejemplo la “verga violadora, a la licuadoraaaaaaa”. En lo personal siempre quise experimentar con la batucada, jugar con ritmos, cantos y consignas originales, cosa que no sucedió.

En ese tiempo de batucada, el bajista que me llevó al Sanluisito Tropical (César Moreno), me propuso hacer una banda de música acústica. Él en el contrabajo, yo en la voz y en las letras, e invitó a un chavito a tocar la guitarra (el Pepe).

Ilustración: Mónica Gómez

En los años previos a este proyecto llamado “Sin Permiso”, sólo quería escribir y cantar, sin tener idea de la composición, sin saber tampoco cómo dirigir una banda. A partir de aquella conversación, las cosas comenzaron a fluir casi magicamente. Hoy somos una banda joven, pero con cierta solidez, que con esfuerzo se ha construido un público propio. Tenemos un repertorio original con letras todas de mi autoría, que tratan de las mismas inquietudes que han dirigido mi vida y trabajo (en el activismo, el audiovisual, el podcast, la docencia y el feminismo).

Sin Permiso, nació con buena estrella pues al año y medio de nuestro primer ensayo ganamos una convocatoria nacional para grabar nuestro primer material en la disquera Nimbëe, perteneciente a Radio Educación. Y así fue, grabamos en enero del 2020 con un equipo humano y técnico, en un estudio que nunca habíamos visto, ni imaginado antes. Todo era prometedor hasta que en marzo se oficializa la contingencia sanitaria ante Covid-19.

¿Cómo estamos? Pues como están todos los músicos y artistas escénicos: trabajando en la medida de lo
posible, tratando de que la incertidumbre no nos lleve a la deriva, con esperanza de “no volver a lo mismo”, sino soñando con que sea mejor que antes. Porque hacer arte, dedicarte y lograr vivir dignamente de ello es
complejo, pero hoy en día es complicado lograrlo desde todas las vocaciones y trabajos. Sin embargo, estamos
componiendo y experimentando con ritmos y géneros musicales que nos están llevando a otros caminos. Las letras, por ejemplo, ya no son tan clavadas en lo social y generar consciencia. Quizás las canciones del primer disco, que fueron mi sentir desbordado en los años anteriores, son la concreción de una parte de mí que ya dijo mucho de lo que quería decir al respecto. Ahora estoy escribiéndole a la calle, al erotismo, al hikuri, al albur. Esta ha sido un poco de mi travesía en la música, ardo en deseos de estar entre el público, hechos bola, todos sudados en el aventadero, gritando. Por supuesto que deseo con todo mi ser estar en un concierto en vivo, con gente. ¡Allá nos vemos, les cae si no llegamos juntos!

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* Ifigenia Muluk es de San Luis Potosí además de ser profesora en la Facultad de Ciencias de la Comunicación, Compositora y cantante en el grupo Sin Permiso. También fue locutora en el FARO DE ORIENTE. Estudió Locución y Conducción para Radio y TV en la Escuela de Ciencias de la Comunicación.

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