El reposo de las guerreras

Por Verónica Muñoz*

Pura fragilidad. Mientras bajaba las escaleras del metro, sólo podía sentirme como una gran diana violeta y me reprochaba qué tan arrogante, tan temerario era, dada la coyuntura política hacia la que encaminaba mis pasos, atreverme a ir enfundada en un largo y ligero vestido de color violeta. A medio camino cambiamos el punto de reunión al enterarnos de que la violencia contra las manifestantes y periodistas en el Metro, ese 8M, se daba por inaugurada a una estación de donde nos habíamos citado originalmente.

Rabia, porque esta vez el problema no era que enseñara de más o que estuviera demasiado fodonga. Ahora el problema era con un simple color, sus recientes implicaciones políticas y la posibilidad de verme impedida para escapar de los cerdos en caso de ser necesario. Siempre hay una opinión o un problema con mi cuerpo o mi vestimenta, como cuando alguien a quien no conocía me gritó: “¡gorda!” desde un auto, en un momento de mi vida en el que de hecho, estaba por debajo de mi peso saludable, o cuando un tipo gruñó algo ininteligible y luego me metió la mano por debajo de la falda, siendo una adolescente, y luego otro, y otro, hasta que aprendí a estar todo el tiempo alerta en la calle, conocer las zonas de riesgo, agudizar los sentidos y activar la memoria del cuerpo, lo que llaman intuición, para identificar a los potenciales agresores y esquivarlos, “agandallarlos”, “míralos directo a los ojos, no te pongas nerviosa”, “no muevas mucho la cadera”, “no pases demasiado rápido, ni demasiado lento”, “no agaches la cara”, “no titubees”…

Alivio, cuando la parada se empezó a llenar de más mujeres vistiendo orgullosas sus prendas color violeta, verde y negro, cargando pancartas que se adivinaban dentro de mochilas y bolsos; sí nos miraban, pero también nos mirábamos y las fragilidades individuales se fundieron en una colectividad omnisciente que saturaba el ambiente.

Complicidad, esta vez, un pequeño grupo nos unimos para hacer una ofrenda a nuestras hermanas asesinadas, un acto pequeño, una ofrenda humilde y sencilla pero profundamente significativa e inmensamente emotiva. Flores, velas, ajo, sal, laurel, salvia y copal; los usos y costumbres, la ciencia y el arte de fluir con lo natural y lo simbólico para sanar las enfermedades del espíritu, que irremediablemente se convierten en enfermedades de la carne.

Llegamos al monumento a la Revolución pisando fuerte y con el corazón como tambor de guerra mientras escuchábamos a lo lejos consignas y petardos, recordábamos con nostalgia la manifestación pasada e intercambiábamos sentires, el consenso fue que la emotividad estaba en el aire. No era para menos: este año, con la crisis económica, el aislamiento, la exacerbación de la misoginia y la pandemia a cuestas, fue especialmente difícil para las mujeres, todos los tipos de violencia basados en el género aumentó exponencialmente.

De allí al Hemiciclo a Juárez el trayecto parecía inmenso. Apenas avanzamos unos cuatro metros nos encontramos con un encapsulamiento; nubes blancas, filas de escudos, más petardos. Las compas del bloque negro y otras varias manifestantes ejercían presión para que dejaran ir a las compañeras; nos quedamos un rato, pero poco podíamos hacer un grupo tan reducido y poco preparadas para la acción directa. Impotencia.

Avanzamos hacia nuestro objetivo, decidimos ocupar la explanada frente al Hemiciclo a Juárez, yo y mi ingenuidad, no nos imaginábamos la tensión que podrían provocar un puñado de mujeres llevando a cabo un ritual y performance totalmente pacíficos.

Supongo que fue más que nada el lugar, dado que en marchas pasadas este monumento ha logrado resignificarse a punta de aerosol. Esta vez se encontraba totalmente resguardado por vallas y policía, que también se encontraba apostada en la calle de enfrente. Una manifestante grita: “ojalá así nos cuidaran ¡culeros!”. Más vallas protegían otros edificios y plazas comerciales que el año pasado fueron testigos de la rabia de las manifestantes. La calle que hace un año a la misma hora ya se encontraba desbordante, esta vez estaba casi vacía, la estrategia fue dispersarnos, bloquear los pasos, violentar “sin piedad”. Así alertaba una compañera en un grupo de WhatsApp de mujeres periodistas: “La comandante en el Zócalo le está diciendo a las polis: 5 de mayo, no tengan piedad. Se están moviendo para allá”.

Los policías frente a nosotras nos miraban alistándose, esperando por una mínima provocación, los que estaban resguardando el monumento amurallado, fueron más allá y comenzaron a patear las vallas desde dentro ¿qué buscaban? ¿que supiéramos que estaban allí? ¿intimidarnos? ¿provocarnos? Nos miraban por las rendijas y cuando nosotras mirábamos, en cambio, bloqueaban inmediatamente la visibilidad con algún trozo de cartón o tela. Un nuevo grupo de policías llegaron y se apostaron en la fachada del Museo de la Memoria y Tolerancia. Nosotras seguíamos siendo menos de veinte, y a unos metros los puestos de artesanas, comerciantes y artistas, algunas de ellas lanzaban globos con pintura. Ya lo dijo Eduardo Galeano: «El miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo”.

Comenzamos el ritual: colocamos las ofrendas y las fotografías de las mujeres cuyas vidas conmemorábamos en ese momento. La atmósfera era cada vez más densa, unos cinco minutos después de iniciado el ritual, a lo lejos se escuchó un estallido de algarabía: “¡Sí se pudo!”, las compas rompieron el bloqueo, seguramente, y en seguida la calle por fin se llenó de mujeres, niñas y sus acompañantes, algunas personas se nos unieron, depositaron flores, alzaron sus manos y sumaron su energía al toque del caracol que llamaba de vuelta a las almas de las que nos fueron arrebatadas.

Entre consignas, petardos y golpes sordos a las vallas desde dentro, con el corazón en la piel, recordamos y gritamos las muchas violencias que nos atraviesan. Nombramos a nuestras hermanas y denunciamos lo que ellas ya no pueden, al otro lado sólo había silencio y ocasionales patadas a las vallas, y en la más pura espontaneidad, en el colmo de la rabia que surge de la ternura radical, demostramos a los cobardes detrás de las vallas que nosotras apostamos por la paz pero cuando queremos devolver el golpe somos más y tenemos la fuerza de la indignación y la justicia de nuestro lado. Una en cada valla, pateamos juntas en respuesta mientras gritábamos
consignas, algunas compas que pasaban por allí se unieron, los cobardes al otro lado callaron, aprestándose para actuar, o sea, para reprimir. Es el único lenguaje que cabe con el fascista, por medio de los golpes, suerte que nosotras no íbamos a dialogar con ellos, sino a abrazarnos entre nosotras.

Cerramos el ritual con algunos cantos de los llamados “de medicina” hacia las cinco de la tarde. Enterramos la ofrenda, pegamos algunos de los carteles, otros los metimos por las rendijas entre las vallas. Por las mismas rendijas fueron devueltos, me recuerdan la actitud infantil de un niño de cinco años que frunce el ceño y se tapa los ojos cuando le enfrentan con sus destrozos. Sólo que ahora no hablamos de una maceta rota o una travesura, esa realidad que ellos devuelven sin chistar cuando se la gritamos a los cuatro vientos, es la realidad de un país feminicida y de un Estado que se ha instaurado a partir de la necropolítica.

Ofrendamos en ese acto simbólico una parte de nosotras, nos sentíamos diferentes y eso era notorio. La rabia, el dolor, la angustia, habían sido reintegrados a la Tierra y a nuestra esencia; nuestros rostros y energía eran otras, más festivas, ligeras, vivaces.

Los días siguientes me alegró saber que al igual que yo otras compas con las que compartí esta marcha-ritual también se tomaron un tiempo para sí mismas, para dormir a pierna suelta y experimentar el más puro hedonismo que no viene del consumo, las comodidades ni los caprichos; sólo es posible cuando una está cómoda con la piel que habita, es decir: cuando hay congruencia entre el sentir, el pensar, el decir y el hacer. “El reposo de la guerrera” está reservado para las que enfrentan sus propias batallas personales y colectivas, sólo una puede saber cuál es su propia lucha y su trinchera, y una vez que se sabe, la única paz posible está en tener el coraje de actuar en congruencia con nosotras y no con el deber ser.

Los días siguientes han surgido una infinita cantidad de fotografías y videos que capturaron las mil y una formas de manifestarnos que tenemos las mujeres. Estas son mis historias favoritas, donde muchas acciones pequeñas impactan en conjunto con fuerza. No desde la trampa capitalista de la individualidad de pensar que por tirar la basura en su lugar, ya hicimos nuestra parte en la lucha por un mundo mejor, sino desde la ternura que da paso a la colectividad, sumando energía, voz y acción a la causa común. El ocho de marzo tomamos las calles cada una a su manera, pero la protesta es constante, protestamos también -las que tenemos el privilegio de hacerlo- con nuestro silencio y no-hacer al día siguiente, protestamos cuando tejemos redes de apoyo entre nosotras, cuando
escuchamos en lugar de anular, pero en este sistema depredador, capitalista y patriarcal, que nos quiere sufrientes, precarias e insatisfechas; nuestra mayor rebeldía, nuestra mejor protesta, nuestra venganza, es ser felices.

* Verónica Muñoz (Hidalgo, 1989) es guionista, directora y productora de cine comunitario. También es locutora y ha participado como columnista en diversos medios de la periferia. Es voluntaria en el Frente Nacional Feminista Abolicionista, colaboradora de MH Radio y autora del cortometraje documental “La denuncia” (2019) bajo Chime for Change.

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