Erotismo y control

Por Verónica Muñoz*

Un bip del celular aseguró que la transferencia había sido exitosa: una mezcla de pánico escénico, euforia por los mil quinientos y un chorro de emociones disformes salió disparada desde su estómago hacia los confines de su cuerpo. Su piel estaba hirviendo y al mismo tiempo sentía un frío intensísimo. Miró rápidamente al espejo antes de conectarse: el rojo encendido de sus mejillas derrotaba al rosa pálido de su innecesario rubor en polvo. Era la cuarta vez (la cifra de seis mil pesos le retumbó de nuevo en el cerebro) ni ella, ni el respetable padre de familia al otro lado de la pantalla, podrían afirmar cuánto de la excitación en su voz se debía a la evocación del nuevo saldo en su cuenta, y cuánto era provocado por la apabullante atmósfera que ella misma había construido cuidadosamente, con luces led, algunos metros de tela y media docena de peluches que hacían juego con su vestuario en tonos pastel. Se sintió un poco torpe al principio, pero en la medida que él le daba instrucciones, quizás demasiado específicas, la ansiedad iba disminuyendo. Conforme el tiempo corría, se sentía más y más confiada… mientras seguía el guion que le sugerían desde algún punto de la Ciudad de México, pensaba en mil y una cosas, relacionadas o no, con lo que estaba pasando justo ahora. Tal vez después de todo sí accedería a verlo en persona en algún punto, cuando el semáforo cambiara, podría convencerlo de rentar un Bungalow en Cuernavaca… o Acapulco, lo más lejos posible de sus domicilios familiares.

Aún faltaban diez minutos cuando decidió que ya era suficiente y contestó con la frase que, había aprendido, era infalible en ese tipo: “¿así… papi?” la respuesta era siempre tan automática que resultaba hilarante y halagadora a la vez.

Por un momento no supo qué decir o hacer, mientras se dejaban oír largos suspiros entecortados desde la computadora, todo le pareció absurdo, pero sólo por un momento, de inmediato se sobrepuso, se despidió de él como si lo hiciera de un viejo amigo y cerró la computadora de un manotazo. Se dejó caer en la cama, abrazó un peluche y entró a la aplicación del banco otra vez. Un mensaje de +52 55 7456798 “Wow! espero poder volver a verte pronto preciosa ;)”

El placer, en especial el sexual, que puede ser considerado el más intenso, ha inspirado gran parte de lo que el pensamiento humano ha producido, dando como resultado una variadísima oferta de productos culturales denominados “eróticos”, que a su vez han generado industrias que reportan diariamente ganancias multimillonarias en todo el mundo. Todxs sabemos que el erotismo vende, seduce, atrapa; aún así, ni siquiera podemos ponernos de acuerdo sobre dónde se sitúan las fronteras del erotismo con otros conceptos como: amor, sexualidad, placer, pornografía… nos llama poderosamente la atención y sin embargo, es uno de los temas de los que más ignoramos hasta la fecha ¿cómo es esto posible? La respuesta es al mismo tiempo simple y complejísima. Puede resumirse en dos palabras: control social.

La sexualidad es la actividad por excelencia asociada al placer, sensación de bienestar y satisfacción en la edad adulta, también es la parte más sensible de la socialización. Por ello, al igual que queremos hacerle comer verduras a lxs niñxs haciéndoselos divertido, la manera más sencilla de manipular a un adultx, es la sexualidad, y si queremos que esx adultx -o niñx- trague con más facilidad el control, lo idóneo es que ignore dicho sometimiento, o crea que es imposible escapar a él.

Engels en “El origen de la familia” plantea cómo el control masculino sobre las funciones reproductivas y el deseo sexual de las mujeres, es lo que da origen a la familia y la división sexual del trabajo; en otras palabras, desde la perspectiva feminista marca el origen del sistema patriarcal y la privatización del capital erótico y reproductivo femenino.

Esto sólo pudo lograrse instaurando una doble moral sexual, es decir, que la moral sexual se aplica de manera diferenciada a hombres y mujeres, siendo una de sus características principales ser más laxa con los hombres, la otra característica más notable, es que en situaciones jerárquicas, será, en la mayoría de los casos, un hombre o grupo de hombres quien ostente privilegios y poder. Las mujeres, estaremos relegadas principalmente a situaciones de desventaja, vulnerabilidad, opresión e inclusive de sumisión, humillación y violencia explícita. No somos sujetos de placer, sino objetos de placer. Aunque esto ha cambiado parcialmente en los últimos años, principalmente en los sectores socioeconómicos más favorecidos, la violencia machista sigue estando presente en todas partes.

Hasta la fecha, la violación y el abuso sexual, especialmente hacia mujeres y niñas, es la herramienta favorita para despojar a un pueblo de su identidad, hace cientos de años las mujeres negras en situación de esclavitud, ya abortaban clandestinamente como acto revolucionario, hoy en día, seguimos peleando por el derecho de las mujeres empobrecidas a decidir sobre nuestros cuerpos, aún existe la ablasión ritual (mutilación genital femenina) como forma de privar del placer sexual a las mujeres y la esterilización forzosa continúa siendo usada por gobiernos de todo el mundo contra migrantes y minorías étnicas con intenciones genocidas. Todas estas formas de violencia, están directamente relacionadas con el control del cuerpo de las mujeres.

Decimos que la violencia contra las mujeres está institucionalizada porque las instituciones más tradicionales e importantes, como lo son la familia y la religión, que convergen en el matrimonio, se erigen sobre la privatización del capital erótico y reproductivo de la mujer.

No obstante, con el fin de siglo, asistimos también al colapso de dichas instituciones, y otras, como el Estado mexicano, pierden cada vez más poder y credibilidad. Dogmas y paradigmas se desmoronan a diestra y siniestra por falta de vigencia; y otros poderes se fortalecen: inicia la era de la información y con ella, nuevos paradigmas, y nuevas formas de explotación. Si la globalización trajo consigo la trata de personas, con la era de la información vino lo que la socióloga franco-israelí Eva Illouz denomina “…capitalismo escópico, las industrias que utilizan la mirada, el ojo del espectador, para extraer valor de otra persona, a partir de la belleza evaluable del cuerpo de la mujer.”

Mientras nosotras seguimos luchando contra opresiones ancestrales, desmontando los mecanismos de violencia de las instituciones patriarcales que conocemos, el sistema ya se está reconfigurando, encontrando formas más eficaces y actuales de extraer beneficios del capital erótico femenino.

Un lugar común entre víctimas de violencia de género y/o violencia sexual, es la imposibilidad de ver con claridad lo que sucedía por no poder nombrarlo. Hace no mucho tiempo, que un marido abusara de su esposa era lo más normal del mundo, poco a poco las mujeres nos fuimos dando cuenta de que lo normal no siempre era bueno para nosotras. Conductas violentas que antes estaban totalmente normalizadas, como: la invisibilización,  los piropos, los raptos y el acoso sexual, gradualmente han dejado de ser solapadas, porque al ser capaces de nombrarlas hemos aprendido a identificarlas y lentamente, comenzamos a hablar, a organizarnos y a actuar. Pero este cambio no es gratuito, las mujeres lo hemos logrado con base en años de hablar, gritar, construir, romper, inventar, hasta morir plantándole cara a un sistema que siempre buscará silenciar de uno u otro modo a quien contravenga sus intereses.

Una mujer que decide alzar la voz frente a las violencias que sufre -en lo individual o lo colectivo- por su condición de género,  inicia de ese modo, consciente o intuitivamente, el camino hacia la recuperación del control sobre sí misma, su cuerpo y su deseo; por ello se vuelve una amenaza enorme para el sistema patriarcal, que como abordamos al inicio de este texto, está construido sobre el control sexual de las mujeres: una mujer que se rebela es una bomba en los mismos cimientos del patriarcado, y medicina para las mujeres que le rodean.

* Verónica Muñoz (Hidalgo, 1989) es guionista, directora y productora de cine comunitario. También es locutora y ha participado como columnista en diversos medios de la periferia. Colaboradora de MH Radio y autora del cortometraje documental «La denuncia» (2019) bajo Chime for Change.

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