Eso que llaman amor

Por Carlos Reyes «El Charli»*

Del amor en tiempos de pandemia y las y los trabajadores del arte.

“Mi amor no es amor de mercado porque un sangrado no es amor de lucrar”
Silvio Rodríguez.

“Eso que llaman amor mi corazón lo sintió ‘nomas contigo”- se escucha esa vieja rola de Mario Quintero, a todo volumen, proveniente de la casa del vecino, que desde que compró su bocina no deja descanso para los oídos del vecindario ¡Cámara con su mix romántico! Ad hoc para el mes del amor y la amistad. Le toca el turno al príncipe de la canción, “…amar y querer no es igual, amar es sufrir, querer es gozar”, navega esa canción por los contaminados aires del barrio mientras el mismo sujeto, que “generosamente” la comparte, le grita a su esposa “ya cámbiale ese pinche pañal a esa escuincla chillona o les pongo unos chingadazos a las dos, a una por cochina y a la otra por webona”.

Desde que comenzó la pandemia se ha disparado el índice de violencia intrafamiliar ¡Cómo carajos el grupo humano donde cada persona debería sentirse más segura es, por el contrario, un núcleo de violencia constante que acentúa, además, problemas que de por sí ya veníamos arrastrando, como el machismo y la misoginia!

No es de hoy, es desde hace mucho tiempo atrás que la violencia se ha filtrado en la cultura, romantizándola y normalizándola del tal suerte que, a quien cuestione esta podredumbre social, se le señala, se le juzga, se le condena y se le margina. Roles de poder impuestos en sociedades capitalistas incipientes, sumados a las particularidades de cada región, generaron una cultura que absorbe, filtra, nutre e institucionaliza la violencia, moldeando dentro de muchas aristas de la propia identidad, aquellas que la refuerzan como parte del folclor y la vida cotidiana. “Hay un pinche Pedro Infante en cada uno de nosotros los mexicanos (hombres)” dice un compa sin reparar que eso no es necesariamente un halago; son años y años de reforzamiento de una conducta machista y de un condicionamiento social que ha provocado que la gente confunda el acoso, la dependencia económica y emocional, y hasta la violencia física con AMOR.

“Pégame pero no me dejes”, “Si no me cela no me ama”, son frases de las que espeluznantemente alguna vez nos hemos reído pero que indiscutiblemente refuerzan la violencia disfrazada de amor romántico. Un chingo de rolas de José Alfredo Jiménez normalizan el culpar a la mujer, por sus desprecios, de que el wey sea borracho y parrandero; todos los géneros musicales, sin excepción, cuentan con alguna canción que hace apología de la violencia, y más concretamente en lo que se ha llegado a entender como amor romántico; y esto sólo en el terreno de la música, pero no olvidemos los años y años de reforzamiento en el cine, la televisión y muchas otras artes, medios de difusión y espacios de interacción humana. Tampoco podemos dejar de lado el tremendo daño que ha provocado en la cultura el narcotráfico y como ha ayudado a consolidar la cultura de la violencia en general.

Pero si el amor no es el conjunto de todas estas violencias que hemos aprendido a ver como algo normal, entonces qué es “eso que llaman amor”, y qué responsabilidad tenemos las y los trabajadores del arte (si es que la tenemos), y en específico las y los músicos creadores, para señalar un camino alterno al público que nos escucha, mucho o poco, en la consolidación de un concepto diferente de amor, y más en esta circunstancia tan especial, de una sociedad que ha acentuado sus males, en todas sus esferas y dimensiones, con la pandemia.

No podemos ser tan pretenciosos de decir qué es exactamente el amor, pero sí podemos empezar a señalar que los elementos que lo integran son precisamente los opuestos a los que hemos aprendido durante tantos años; por eso, no es desestimable la invitación del movimiento feminista a deconstruirnos porque, efectivamente, hay que desaprender lo aprendido y volvernos a construir como individuos y sociedad tomando como base el pensamiento racional y crítico; entonces el amor tendrá que ver más con liberar cadenas, con dejar de apropiarnos de las personas como objetos, con hacer cosas buenas por el ser amado sin quitarle su dignidad, identidad e independencia. No podríamos decir que el amor no conlleva sacrificios, concesiones y paciencia, porque eso nos lleva al otro extremo, al del egoísmo; pero sí podemos decir que esos sacrificios empoderan al que los hace y al que se beneficia de ellos, sin detrimento de la dignidad de ninguna de las partes.

En un mar de propuestas artísticas, que ahora más que nunca acompañan el encierro de muchas personas, muchas siguen reforzando las viejas formas de entender el amor, y tienen que ver con que esa idea del amor dependiente, del amor que hace que una persona se abandone a sí misma, que abandone su identidad y dignidad por la devoción a otro ser humano, es mucho más rentable que las propuestas que cuestionan los patrones de conducta violentos. Ningún artista tiene la obligación de romper los esquemas sociales impuestos por el sistema, es verdad; pero, es seguro que la artista o el artista que, además de su sensibilidad anteponga su honestidad en franco desacuerdo con la idea del arte como solamente un producto comercial, tarde o temprano utilizará su arte como una herramienta de transformación social, como un arma libertaria, y esto, a mi entender, es un acto revolucionario lleno de amor.

* Carlos Reyes «El Charli» (CDMX, 1972). Es cantautor «rolero citadino», miembro de los grupos «R3moras» y «Gatos Místicos». Participa en los colectivos «La Bohemia Subterránea» y «La Unión Revolucionaria de Trabajadores del Arte». Músico profesional desde 1994.

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