Fandango en el Centro Cultural Aliac

ORLANDO CANSECO. Para MH RADIO. Ciudad de México, 29 de octubre de 2016. El centro de la ciudad fue un caos. Varias calles fueron cerradas al tránsito vehicular haciendo de éstas, largas zonas peatonales por donde cientos de personas caminaban y se arremolinaban para ver el desfile en conmemoración del Día de Muertos.

En este marco de fiestas y tradición, muy cerca del Zócalo Capitalino, se efectuó el evento 2º Fandango en Apoyo al 9º Festival de la Décima Guillermo Cházaro Lagos, organizado por el colectivo “¡Qué siga el fandango!” que desde hace un buen tiempo se ha dedicado a promover el son jarocho, a dar talleres de jarana y zapateado en el Parque Revolución en la Colonia Nueva Santa María.

El programa comenzó con la elaboración de una ofrenda colectiva que se puso en el segundo piso del Centro Cultural Aliac, que desde esas horas, ya lucía con papel de china de colores y que contenían hermosos grabados en color negro elaborados por el mismo colectivo con leyendas como “¡¡¡Vienen los diablos!!!”, “Cuando se me llegue el día/no quiero que estén llorando, yo quiero que haya alegría/y mucho agradecería/que me toquen un huapango”, o “¡¡Que siga el fandango!!”, en donde se pueden ver una calavera con trombón, otra con trompeta y una más con jarana.

El papel picado no podía faltar que volaba en tendederos improvisados a lo largo del pasillo. A las cuatro de la tarde, vendría el primer grupo musical a cargo de la banda Huentli que por otros menesteres, no se pudo quedar más tiempo en este fandango. A estas horas, el recinto se llenaba cada vez más de gente. En la “cocina” se preparaba rica agua de tuna, tostadas de tinga, tortas de frijoles con queso ranchero y nopales. Otro platillo fue una especie de ensalada con hongos, piña y otros aditamentos, que según uno de los vendedores, era un alimento con propiedades afrodisiacas.

A las siete de la noche, subió al escenario el Trío Estampa Huasteca que amenizó la fiesta con hermosos guapangos, y puso a bailar a toda la raza del lugar. Jóvenes y hermosas chicas no dejaban de zapatear con los hombres que ya sudaban la gota gorda al tomar el patio central del Aliac.

El ambiente ya estaba caliente. Hacía suficiente calor como para dejarlo enfriar. Los mezcales ya corrían por pequeños tarritos de barro que además de calentar la garganta, calentaban el espíritu. Llegó el grupo de Los Gallos Plateados y la fiesta se puso al tope. Todos bailando, comiendo, bebiendo, sonriendo y compartiendo las tarimas de madera que sonaban al son de los tacones de las zapatillas de las mujeres.

Una jovencita de trenzas, lucía sus mejores pasos al mover su cadera a ritmo de los sones, con un rebozo rojo que dejaba caer entre sus hombros y nunca dejaba de sonreír a sus compañeros de baile. Las parejas se las arreglaban para nos salirse del cuadro que delimitaba la tarima mientras tocaban Los Gallos Plateados. El público pedían sones con nombre de animales que éstos ejecutaban de manera desenvuelta. Los hombres imitaban, según el son, al animal correspondiente: al zopilote, a la iguana, al torito. Toda era diversión y fiesta.

Po último, llegaron los jaraneros para cerrar la noche fandanguera. Todos y todas con jarana en mano, ejecutaron canciones del clásico acervo jarocho, rodeando una tarima para que tanto hombres como mujeres o músicos, subieran a echarse sus mejores zapateados que dejaban débiles ecos en las paredes del centro cultural.

Según la tradición, un verdadero fandango termina hasta las seis o siete de la mañana del siguiente día. Pero acá en el Aliac, no pudo ser. Sin embargo, dejó un buen ambiente como para volver a vivirlo una vez más en estos días previos al 1 de noviembre. Son pequeños momentos que nos hacen vivir y revivir. Así: ¡Qué siga el fandango!

 

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