La muerte chiquita

ORLANDO CANSECO. Para MH RADIO. Tlalmanalco, Estado de México, 1 de noviembre de 2018. Este jueves 1 de noviembre, en casa de la Familia Carcaño en Tlalmanalco, Estado de México, se llevó acabo una vez más, su ofrenda de Día de Muertos que desde hace diez años la han compartido al público en general con un festival llamado “La Muerte Chiquita”, que muestra arte gráfico, plástico, musical, teatral, de danza y performance, además de ser un singular ritual familiar para recibir a “sus muertos”.

Tuvimos la oportunidad de platicar, unos días antes de la realización de este encuentro, con Rubén Carcaño, artista plástico del municipio de Tlalmanalco y responsable de la organización de este evento, cuando realizaba una sesión de fotos para las chicas que participarían como Las Catrinas.

Rubén, desde la mesa central que domina el comedor de su casa, nos comentó sobre el origen de este festival: “«La muerte chiquita» es por la exposición plástica aquí en la casa de todos ustedes. No es muy grande, no tenemos un espacio muy amplio, el espacio es muy reducido, de hecho no es una galería, es una casa común y corriente. Entonces las obras plásticas se piden que sean chiquitas, máximo 50 cm por lado: de ahí viene el nombre”.

Su casa tiene un hermoso y amplio jardín donde merodean varias de sus mascotas que van desde dos bellos perros xoloescuincles, una pareja de cerditos regordetos, un pato blanco, un enorme guajolote; y por las mañanas y tardes, un grupo de diversos colibríes se alimentan del agua dulce que les deposita en un bebedero rojo colgado del árbol central del patio.

Rubén, con su sencillez y su largo cabello, arreglado en un chongo, nos dice sobre la ofrenda dedicada a su madre y padre: “Es una ofrenda familiar que llevamos haciéndola por más de 25 años, pero llevamos 10 años abriéndola al público con un pequeño festival”.

En su hogar se mira movimiento. Hay varios comensales que han llegado unas horas antes para probar la comida que la sra. Martha, hermana de Rubén, prepara desde muy temprano casi cada ocho días. También observo como a las chicas que representarán a La Catrina, les van maquillando el rostro y cada una va teniendo una caracterización propia según el tocado y vestido que llevarán puestos. Se ven impresionantes y hermosas.

Mientras esto sucede, Rubén  Carcaño agrega a la entrevista: “Y bueno ¿qué vamos a tener?: una ofrenda tradicional de la familia, una exposición plástica que se llama «La muerte chiquita», en donde varios artistas, no solamente de la región, si no también de otras latitudes, nos comparten su particular visión que tienen acerca de la muerte”.

1 de noviembre: “La Muerte Chiquita”

La fecha ha llegado. La casa es un enorme mundo que parece caótico. Yo llego con Lore Holly y Mara García que juntas representarán un monólogo sobre la multifacética Laura Méndez de Cuenca, y en dónde yo las acompañaré tocando la guitarra como Lobo Estepario.

El primer número es una obra de teatro que se realizó en el jardín, donde se dispuso ya el sonido. Es una obra pequeña sobre la mítica “Llorona” y actuada por infantes del grupo de Teatro Infantil ”Febo”, dirigido por Alberto Dumas. Una obra sencilla pero que logró espantar a una pequeña de cinco años que corrió a los brazos de su mamá.

Poco antes de las tres de la tarde, se escucha La euforia Musical de México con la Banda Tierra Alta, que ya viene tocando música festiva, alegre y con ellos, los danzantes chinelos que al llegar a casa de la Familia Carcaño, se apoderan del jardín, donde los esperan ya, varias personas que vienen a visitar y disfrutar de este evento.

Pasadas las tres de la tarde, se llama al “encendido de la velas”, ritual intimista y familiar en donde Rubén Carcaño junto con su hermana, comienza a prender cada una de las veladoras que rodean la enorme ofrenda elaborada por ellos. Se miran los rostros de ambos llenos de dolor contenido pero orgullosos.

La cantante Sabina Hernando, cantaría “Dios nunca muere”, “La llorona” o “Por un amor” que prácticamente, arranca lágrimas a los hermanos, y que convirtió este momento en lo más emotivo del día.

Luego siguieron los rezos por cerca de una hora mientras Carlos Díaz, cantaba canciones de misa entre padres nuestros y Ave Marías.

El festival comenzaría con el primer acto oficial: la representación teatral y musical de Mara García con su monólogo de Laura Méndez de Cuenca y que fue acompañada por Lore Holly como la hermana de Méndez, y la cual cantó una versión de “La llorona”, utilizando un cuenco tibetano e instrumentos prehispánicos que imitaban el grito de la mujer mítica, además de musicalizar, parte del poema de “Nieblas” que dice: Ni gracias pido ni piedad imploro:/ahogo a solas del dolor los gritos,/como a solas mis lágrimas devoro. Interesante puesta que revindica a Méndez como una mujer que fue periodista, feminista y pedagoga afínales del siglo XIX.

Vendrían luego los carnales de “Los bufones de la nostalgia”, animando con su repertorio las primeras horas frías y oscuras de la tarde. Las Catrinas hacían guardia y deambulaban por toda la casa, a veces con paso lento, como verdaderas ánimas cargando entres sus manos, veladoras. Más tarde vendría el mariachi con una lista de canciones de esas que llegan al corazón.

La diversión llegaría con el dueto de Laura y Luis y su puesta en escena “Un pequeño gran canto a nuestros muertos”, donde narran leyendas y cuentos sobre el tema de la muerte y que actúan con ayuda de otros actores y cantantes, además de cantar versiones de temas clásicos como “La llorona” y “La bruja”. Las carcajadas nunca se dejaron de escuchar, sobre todo en la actuación de la leyenda de “La llorona”. Un gran proyecto que rescata la tradición mexicana con mucho humor y música tradicional mexicana.

Paty Piñón y Francisco Natera ofrecieron su música “ancestral”, su música dedicada a nuestra historia y raíces con instrumentos de gran tradición prehispánica, como el huéhuetl, ocarinas y silbatos de ruido blanco; así como instrumentos modernos como el violín (en esta ocasión) y bajo eléctrico (con Didier Sánchez). Paty sorprendió con su maquillaje de calavera.

Para dar fin a este hermoso e interesante encuentro, vendría el grupo de danza africana, que con una rutina llena de negritud, ritmo y erotismo, cautivó al público presente; para dar paso a la clausura en donde las cinco catrinas bailaron al ritmos de los tambores, así como el propio Rubén Carcaño.

La noche terminó con un dj set que amenizó casi toda la madrugada que se extendió hasta las primeras luces del día siguiente, entre plática y bohemia de los que quedaban despiertos a pesar del frío.

“La muerte chiquita” es un gran evento que para el siguiente año, se suspenderá, pero que promete en dos, llegar con nuevas ideas refrescantes que continúen conservando una tradición de muy intensas raíces mexicanas. Cuando sepas de este festival, visítala en el municipio de Tlalmanalco, Estado de México.

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