Lo ético y lo políticamente correcto

Por Verónica Muñoz*.

Le pese a quien le pese, la nueva serie documental “Rompan Todo” presentada por la plataforma Netflix y dirigida por Picky Talarico, ha sido todo un suceso en la esfera del rock latinoamericano. Hubo serias críticas por inexactitudes, por obviar personajes destacables y hasta por lo que algunxs consideran proyecciones egocéntricas de Gustavo Santaolalla, productor y una de las principales fuentes, pero casi ningún rockerx latinoamericanx (con posibilidades de suscribirse a Netflix) quedó indiferente.

Desde acá, parece que el problema de fondo radica en la ética, esa piedra en el zapato del neoliberalismo, y como todo lo que corresponde a esta disciplina, el asunto es más complejo de lo que aparenta a simple vista.

La ética profesional es el conjunto de reglas, escritas o no, que regulan el comportamiento de las personas en lo que se refiere al ejercicio de su profesión. Estas reglas son distintas en cada gremio e inclusive entre colegas, suele haber variaciones en distintos países o lugares de trabajo.

Por lo que respecta a la ética del documentalista, es esta un área llena de ambigüedades, puesto que el documental es un género muy flexible, mestizo, fruto de la unión entre diversas disciplinas como la investigación, el periodismo y la fotografía; también hay que tomar en cuenta que existe una amplísima oferta de subgéneros, por lo que coexisten metodologías -y códigos de ética- tan diversos como hay creadores.

Durante puntos álgidos de la producción como la investigación y el rodaje, constantemente unx puede encontrarse, por citar un ejemplo, en la disyuntiva de mantener bajo perfil a la usanza del periodismo para salvaguardar la propia seguridad o tomar en cuenta el respeto por lxs informantes y hacerles saber que estamos observando, como proponen los libros de antropología. ¿A quiénes y en qué medida se debe su lealtad? ¿a la fuente? ¿a la audiencia? ¿a la producción? ¿a sí mismx? ¿a la verdad?

Federico Campbell reflexionaba sobre esto en “Periodismo Escrito”, para el caso del documentalista, la ética puede ser todavía más maleable, y por ello no hay que olvidar lo que nos enseñó el tío Ben: un gran poder conlleva una gran responsabilidad, en otras palabras, si vamos a aventurarnos a explorar los límites de lo ético en el ejercicio de la profesión, que sea siempre en nombre de la verdad y la justicia social, siguiendo a Campbell.

Un notable ejemplo de cómo se pueden usar estas licencias en el documental para hacer “lo correcto de manera incorrecta” son los falsos documentales Borat I y II, del inglés Sacha Baron Cohen,  quien usando la ficción, el humor más negro que se ha visto en mucho tiempo y con métodos muy agresivos, puso en evidencia al abogado de Donald Trump en plena fiebre electoral con una cátedra de cómo el documental es una poderosa herramienta de transformación social.

En “Rompan todo” también se juega con los límites de la ética pero de una forma mucho más desafortunada y ese fue el lado flaco de la serie.

La metedura de pata no fue el dato erróneo  del lugar donde murió Rockdrigo, bueno sí, pero en el sentido estricto de la materia no fue error de la producción sino del Roco Pachukote.

Tampoco fue que el peso de la historia estuviera en lxs compas y pupilxs de lxs productores, al ser claramente los archivos de Santaolalla y los demás productores la principales fuentes, es comprensible y esto no es por sí mismo falto de ética. La cuestión está en que, pese a que su protagonismo fue más que evidente, en la narrativa no lo es tanto, en otras palabras, si Santaolalla iba a tener tal peso en la historia, de pronto hubiera sido más disfrutable y se habría sentido más honesto que el guion estuviese planteado en primera persona desde la perspectiva autobiográfica que de manera velada tuvo la serie.

El verdadero problema, creo yo, es que les faltó contrastar sus fuentes, ampliar su investigación más allá de su zona de confort, si lo hubieran hecho, habrían notado en corto que Rockdrigo no murió en Tlatelolco sino en La Juárez, y muy probablemente le hubieran ahorrado el quemón al Roco y a sí mismos por falta de rigor en su investigación.

Otra cosa que tal vez otro par de ojos hubiera notado, un par de ojos de mujer, lo más seguro, es que incorporar a las mujeres rockeras no basta para cumplir con la perspectiva de género.

Sí, fue muy refrescante toparse con una serie que se enfocara en la importancia del rock en la protesta y sus implicaciones en la vida política latinoamericana y no en el lugar, común hasta el vómito, de “sexo, drogas y rockanroll”, y el espacio -aunque limitado- que se le da a las mujeres, también es notable que no se recurrió al lugar aun más común y nauseabundo de usar el cuerpo femenino como herramienta de marketing, pero es por lo menos cuestionable que una serie documental centrada en una industria que tanto nos sigue quedando a deber a las mujeres, el feminismo brilla por su ausencia, cuando se entrevistó a tremendas representantes de este movimiento… ups, parece que no toda la política tiene espacio en: Rompan todo… menos el pacto patriarcal.

Y no es que todo tenga que tratar del feminismo pero no tiene mucho que por azares del destino volvió a tomar revuelo el tema de la archifamosa portada de Molotov -mencionada en la serie- alusiva a la pedofilia y en ese momento muchos defensores de la libertad de expresión nos mandaban a las feministas a callar bajo el argumento de que “hay que contextualizar en qué época se encontraban”, y para contextualizar en qué momento está viendo la luz esta serie documental, hay que empezar por recordar que hoy por hoy México es el país número uno en abuso sexual infantil, también hay que recordar que el movimiento #MeToo, impulsado por mujeres feministas sobrevivientes de violencia, tuvo un impacto tan fuerte que Armando Vega Gil, integrante de Botellita de Jerez, se quitó la vida tras ser señalado por acoso sexual contra una menor de edad.

Pese a que Botellita de Jerez fue uno de los proyectos en que profundizaron, ni por asomo hicieron alusión a este hecho, es como si el #MeToo nunca hubiera tocado al rock latino.

No es para menos el impacto que el #MeToo tuvo en esta industria, históricamente el rock no ha sido inmune a la  invisibilización, hipersexualización y otras formas de violencia contra las mujeres. El #MeToo es un grito en respuesta al silencio impuesto a las víctimas desde el principio de los tiempos, sobre este silencio se sienta el sistema patriarcal, y la producción de Rompan Todo decidió ignorar este grito, silenciando a las víctimas una vez más, como si en el rock todo fuera buenaondez y caballeros andantes intachables luchando por la libertad.

En medio de este contexto, darle espacio a las rockeras pero no mencionar ni por error sus muertitos en el armario del machismo, me parece más una concesión al discurso políticamente correcto que un auténtico esfuerzo por incorporar la perspectiva de género a su praxis.

La falta de ética elemental que parece haber aquí es el conflicto de intereses que entorpeció la investigación dando como resultado un sesgo de parcialidad y hay que decirlo, una perspectiva un tanto dulzona y romantizada. Siempre siguiendo a Campbell, no se puede ser juez y parte.

Pues bien, sirva como ejemplo de que una ética sólida, más allá de una onda de moralina y sentimentalismos, puede ser la diferencia entre un buen trabajo y la excelencia. Con todo, si ya tienen Netflix, vale la pena echarle un vistazo.

* Verónica Muñoz (1989, Hidalgo) es guionista, directora y productora de cine documental comunitario. También es locutora y ha participado como columnista en diversos medios de la periferia. Colaboradora de MH RADIO y autora del cortometraje documental «La denuncia» (2019) bajo Chime for Change.

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