Música en cuarentena

Por Benjamín Márquez*

No existe fórmula para analizar y opinar  de una manera consciente y concreta, de la situación a la que se ha enfrentado el arte en la pandemia, pues cada uno de los involucrados en la escena tiene una visión particular de la problemática que le genera como individuo desenvolver un oficio o carrera que ya de por sí en situaciones normales, era complicada.

En casa somos un músico y una bailarina y nuestras experiencias han sido muy diferentes, siendo la danza un arte que aún no está bien aclimatada a las ventanas virtuales, como podría ser la música grabada. El músico, no enfrenta el arte de la misma manera que una bailarina y aunque exista relación entre los dos, sus universos son diferentes, cada uno con sus propios retos bajo las actuales reglas y herramientas virtuales, que aún no permiten por ejemplo, un ensamble musical o una danza grupal sincronizada en tiempo real.

“La adversidad tiene el don de despertar talentos qué en la prosperidad hubiesen permanecido durmiendo”, dicen que dijo Horacio, y ojalá que en la mayoría de nosotros tuviese la pandemia este poder mágico de activar en la necesidad, un instinto de cambio y adaptación, y someternos inevitablemente a la eterna evolución de las cosas.

Con la proliferación de transmisiones en vivo a través de redes sociales y los nuevos medios de comunicación, podemos observar la cantidad de artistas independientes de distintas disciplinas que no estaban preparados para lidiar con los problemas tecnológicos, que la mayoría no teníamos en estima antes de la contingencia.

En cambio, una gran parte de los músicos simplemente espera la vuelta a la cotidianidad, que vive de los mismos escenarios, las mismas canciones y el mismo público al que estamos encadenados (algunos) más por costumbre que por vocación, ignorando que el mundo está cambiando y por tanto la forma en la que desarrollaremos estas habilidades escénicas y las llevaremos al espectador.

En el mejor de los casos, la situación puso en evidencia la problemática de una profesión institucionalizada (por lo menos en este país) de dientes para afuera, que genera discursos de esperanza para sus cuates, pero no soluciones a la informalidad que ha obligado a la música y sus miles de ejecutantes a valerse por sí mismos en esta etapa, en la que a veces estas instituciones fungieron también como obstáculos que vencer.

No resulta extraño que los auto-conciertos, una moda fugaz, mostrará también, la incapacidad de la industria del entretenimiento a enfrentar correctamente la actual situación apocalíptica, con el ejemplo de los  “expertos” ante la crisis, ¿qué esperamos que ocurra entonces con los pequeños empresarios y sus escenarios locales?

El virus de la influenza en 2009 con todo y su breve estancia nos dejó por ejemplo, los (mal pagados y esclavizantes) 10 turnos por día, que hicieran famosa a la vieja cueva de zona rosa, (para mí, una de las manifestaciones más increíbles del Síndrome de Estocolmo en músicos), más aún del cierre y el declive de numerosos bares y restaurantes que no pudieron enfrentar la pendiente de recuperación.

¿Es el arte acaso un sector indispensable de la sociedad? La gente hoy en día está consumiendo más arte y cultura, pero fuimos los primeros en cancelar conciertos, cerrar teatros, cines, museos: y seguramente seremos los últimos en volver a la actividad. La adversidad debería crear conciencia y también acción, pero hemos estado filosofando mucho y actuando muy poco…

*Benjamín Márquez. 20 años de músico de tiempo completo. Alquimista / Xochihua Rock. Productor, Ingeniero / Aprisco Records.

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