Niñeces indígenas: reconociendo otras formas de ser niña/niño

Por Riger Fernando Mejía*

Introducción
Cuando hablamos de niñez tenemos que comprender que su significado no puede reducirse a un mero proceso biológico. No existe una forma “natural” de ser niña o niño; la niñez es siempre una construcción social y cultural, un proceso dinámico que se transforma con el paso de la historia. La niñez de hoy no es la misma de hace 10 años, por ejemplo, y aun estando dentro de una misma generación, las formas de vivir la niñez varían dependiendo de la clase social, el origen étnico y el factor genérico. Por ello, los estudios críticos de la niñez que desde las ciencias sociales se han potenciado en las últimas décadas, han sugerido hablar de múltiples niñeces y no de una sola.

Si bien la Convención de los Derechos de la Niñez ha marcado pautas para considerar a las niñas y niños como sujetos sociales de derecho, ésta aún se mantiene lejos de considerar la existencia de la multiplicidad de niñeces. Situación problemática pues, al establecerse como “universal”, implícitamente también ha impuesto una forma de ser niña y niño que subyace nociones eurocéntricas y que no se apegan a la realidad de otras niñeces que habitan en países no occidentales. Esto es justo lo que autores como Manfred Liebel, Giangi Schibotto y Alejandro Cussiánovich, desde una mirada decolonial, han venido cuestionando en favor de las niñeces latinoamericanas.

Las niñeces indígenas representan algunas de esas diversas formas de ser niña y niño que no solamente se alejan del modelo hegemónico de niñez, sino que además se contraponen a dicho modelo. Por ejemplo, desde el modelo occidental de niñez se enaltece la idea de que el niño o la niña no deben trabajar, sin embargo, podemos ver en muchos grupos indígenas cómo las niñas y niños participan en múltiples actividades que pudieran considerarse como “trabajo infantil” pero que para ellos(as) y sus familias no se considera así.

Catalogar el trabajo en la niñez como algo negativo, no solamente niega la actividad, sino también al sujeto que ejecuta tal actividad. Por tanto, cuando se niega su trabajo, se niega también a la niña, al niño y a su propia matriz cultural.  Partiendo de nuestra experiencia colaborando y acompañando a niñeces indígenas migrantes y trabajadoras en algunos estados de la república mexicana; este ensayo pretende dar pautas para romper con esa mirada etnocéntrica que niega a las niñeces otras en tanto lo que son.

La visión dominante sobre las niñeces indígenas
A pesar de la proliferación de investigaciones sociales en torno a las niñeces indígenas, de las múltiples luchas por su reconocimiento como sujetos, hoy día aún existe un paradigma social sobre las niñeces indígenas muy arraigado a lógicas etnocéntricas, adultocéntricas y discriminatorias. A las niñas y niños indígenas se les sigue viendo con lentes victimizadores que los coloca en posición de vulnerabilidad casi por selección natural. Se relaciona a la niñez indígena inmediatamente con la pobreza, la desnutrición y el rezago educativo. Por ello también se les considera como niñeces “atrasadas” o incluso “primitivas”.

Otra de las situaciones que viven algunas niñeces indígenas, sobre todo las que migran a contextos urbanos y se insertan en la economía informal, como las niñas y niños de comunidades mayas-tsotsiles de los Altos de Chiapas; es que dentro de las ciudades se les criminaliza por el hecho mismo de trabajar. Ahí vemos a las autoridades responsables de regular el comercio informal persiguiendo a las niñas y niños para obligarlos a que dejen de trabajar, amenazándolos con encerrarlos o incluso separándolos de sus padres o madres y culpabilizando a la familia de explotarlos laboralmente.

Sea en las ciudades o en el campo, las niñas y niños indígenas casi siempre son considerados inferiores en comparación con las “niñeces citadinas”. O se les mira con lástima o se les criminaliza. Por supuesto que no podemos ni queremos negar que existen hoy día circunstancias que ponen en riesgo el buen vivir de las niñeces indígenas, pero estos no son más que consecuencias de los históricos procesos de colonización y explotación que han azotado a las comunidades indígenas de nuestro país. De manera que, si muchas niñas, niños y familias indígenas hoy viven en pobreza o marginación, no es por su condición indígena “atrasada” o “primitiva”, sino por las circunstancias en las que ciertos grupos sociales los han colocado.

Niñeces indígenas, participación y responsabilidad común
Pero la realidad de esas niñeces otras va más allá de lo que hegemónicamente se ha construido sobre ellas. A pesar de muchas circunstancias desfavorables, hemos podido observar cómo las niñas y niños indígenas son participantes activos dentro de las responsabilidades familiares o comunitarias. En comunidades zapotecas de la Sierra Sur de Oaxaca, por ejemplo, podemos observar a las niñas y niños cuidando a los animalitos y ayudando con las actividades agrícolas diariamente. Las niñas y niños de comunidades mayas tsotsiles de Chiapas también colaboran cortando leña y llevándola a casa para que sus madres puedan cocinar el alimento para toda la familia.

Por esas actividades que realizan, las niñas y niños generalmente son valóricamente reconocidos y muchas veces sus opiniones son tomadas en cuenta. Una amiga tsotsil nos compartía que a ellas desde muy pequeñas solían pedirles su opinión. Por tanto, tenemos formas de vivir la niñez que, aunque no se apegan al modelo de niñez propuesto desde occidente, ponderan la dignidad y la voz de las propias niñas y niños y les otorga cierta autonomía gracias a las responsabilidades que les corresponde cumplir desde edades muy tempranas.

Vemos que muchas niñas y niños indígenas, no solamente son meros objetos pasivos de la educación que reciben familiar y comunitariamente, sino también son activos transmisores de conocimientos y saberes. De hecho, la mayoría de las niñas y niños indígenas con quienes hemos colaborado desde la educación popular, nos han contado como han cuidado a sus hermanitos desde que eran muy pequeños. Esta dinámica de crianza refuerza mucho los vínculos al interior de las familias, por ello no es raro ver a una niña o niño siempre pensando en sus hermanos(as) mayores o menores. La fraternidad entre hermanos(as), primos(as) y parientes es por lo general muy fuerte.

Algunas niñas y niños indígenas no solamente colaboran en las actividades familiares o comunitarias, sino también se establecen como sujetos económicos desde muy pequeños(as). Claro ejemplo de ello son las niñas y niños de comunidades mayas tsotsiles, quienes migran con sus familias a las ciudades para insertarse dentro del ambulantaje. El trabajo de estas niñas y niños permite que las familias puedan subsistir, continuar con sus estudios, pero, sobre todo, les otorgo un sentido de responsabilidad común que van cultivando durante el trayecto de sus vidas. Así, su trabajo adquiere un vasto valor simbólico y su participación en la unidad familiar siempre es reconocida.

Reflexiones finales
Estos elementos nos ayudan a ver a las niñeces indígenas lejos de esa perspectiva adultocéntrica y etnocéntrica que los victimiza y criminaliza. Hay que romper con la inferiorización de las niñeces indígenas y reconocerlas en tanto lo que son: niñeces en toda su completud e incompletud. No existe una forma de niñez universal y perfecta, todas son dinámicas y complejas. El problema es que siempre hemos valorado a las niñeces latinoamericanas en tanto se apegan, o no, a ese modelo de niñez hegemónicamente establecido desde occidente.

Es necesario mirar hacia dentro; mirar a esas niñeces otras y aprender de ellas. La mayoría de las niñeces indígenas están cimentadas sobre un sentido de responsabilidad colectiva que hoy día está muy ausente en las sociedades que se dicen ser más “desarrolladas”. En ellas solo se propaga la idea de un sujeto autónomo e individualista que tiene como sentido de vida la búsqueda de la felicidad sin responsabilidad común. La historia ha demostrado que esta fórmula solo conduce a la infelicidad social. Las comunidades indígenas nos enseñan que otras formas de ser niña/niño son posibles y, por lo tanto, otras formas de habitar el mundo y de relacionarnos con él también lo son.

* Riger Fernando Mejía Pérez (1994, Chetumal, Quintana Roo). Comunicólogo Social por la Universidad Autónoma de Yucatán. Ha realizado investigación con niñas y niños tsotsiles migrantes y víctimas de trata de personas en Chiapas y Oaxaca. Se ha desempeñado como educador popular y comunitario con niñeces indígenas, migrantes y trabajadoras en Yucatán, Chiapas, Oaxaca y Perú. Ganador del 1er Lugar del Concurso Internacional de Ensayos «Miradas de Iberoamérica: Dignidad y Migración» en 2010. Miembro cofundador de Colectivo Acompañante de las Niñeces y Adolescencias Migrantes (CANAMI) en la Ciudad de Oaxaca.

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