Pobre de los niños

Por Carlos Reyes «El Charli»*

Pobres de los niños/
que dolor me dan/
al pensar lo que he sufrido yo/
lo que ellos sufrirán.
-Alex Lora-

I
Ahí andaba el Marcos, echando, desde un bote reciclado de pintura, agua a las rosas que compró en el mercado de Jamaica para venderlas en el cruce de Fray Servando y Churubusco; a sus 14 años, recién cumplidos, dejó la secun´ para chambearle y apoyar a su abuela, una portera del edificio de la esquina de ese cruce que apenas y tenía para comer y que tuvo que cuidarlo tras la muerte repentina de su madre.

Lo conocí en las retas de futbol que se armaban afuera de la secundaria 88. –Estás muy morrito, carnalito. Te voy a prestar unos cassettes del Tri para que empieces a escuchar buena música ¡Chamaco!– me dijo mientras tomábamos unos frutsis sentados en la banqueta de uno de los andadores. Mi mamá quiso encargarse un poco de él, a mí se me hacía un tipo inteligente y muy simpático así que no tuve problema con aceptar la tarea autoimpuesta de mi madre.

A pesar de su difícil niñez, el Marcos se veía contento, disfrutando de la vida que, por tantas carencias, precisamente le venía bien cualquier cosa “extra” que llegaba: un dulce, un juguete barato o una invitación a comer en las fondas de la avenida.

En una de las accesorias del edificio donde trabajaba su abuela, había una tienda de pinturas cuyos dueños eran un par de malandros que al final del día se ponían a drogarse después de cerrar la tienda.

-¡Ven, wey! ¡No seas puto! Dale un jalón a la monita para que estés más relax –le decían estos cabrones, que le sacaban un buen de años, para inducirlo al vicio. Lo veían vendiendo rosas y decidieron que con ellos estaría mejor. Como se hace evidente, el morro comenzó cada vez más a andar con ellos mientras se alejaba de mí, de mi madre y de su abuela; y desde luego, tirado al vicio ya sin ningún control. Mi carnalito el Marcos a los 15 años entró al manicomio; murió a los 18 años por una sobredosis.

II
Recuerdo parte de mi niñez en la vecindad donde vivía mi abuela, desayunando cascaras de papa con huevo, comiendo enfrijoladas y cenando un bolillo con café de olla. No puedo evitar recordar con cierta nostalgia los escenarios de carencia económica en que algunas veces me vi inmerso; hay un cierto “orgullo del vencido”, una fascinación con hacer de las carencias, la pobreza o la derrota una virtud; pero, la realidad es que no hay nada de virtuoso que le roben la infancia a una niña o niño; no hay nada de romántico en que tengan que abandonar los estudios y trabajar porque el sistema donde nacieron privilegia la acumulación de capital en manos de unos cuantos por encima de los derechos fundamentales; no puede haber orgullo en una comunidad que, de muchas maneras, le dice a sus niñas y niños que es mejor tener dinero a costa de lo que sea y vivir, aunque sea pocos años, pero en la opulencia; y que además, si no lo logran son unos fracasados que solo merecen la marginación y el olvido.

Algunas y algunos salen adelante pese a la adversidad, pero eso no debería justificar las condiciones de miseria, de falta de oportunidades y de infelicidad que padecen muchas niñas y niños en la sociedad. No siempre “el que quiere puede”; muchos quisieron pero no tuvieron las condiciones necesarias que les permitieran lograrlo.

El capitalismo y su cultura patriarcal, que ahora ha desarrollado, además, la cultura del narcotráfico, hace que muchas niñas y niños, además de vivir con múltiples carencias, crezcan pensando que el éxito es parecerse al Chapo Guzmán y si no lo logran son unos fracasados. El capitalismo explota a la naturaleza y el ser humano, y le roba la infancia a una niña de Afganistán para privilegiar los intereses de un grupo de oligarcas; le roba la infancia a un niño inmigrante, para  seguir pagando salarios de miseria en nombre de las ganancias; expropia los ríos y tierras de niñas y niños de comunidades originarias en nombre del progreso y, además, hace que se lo agradezcan alienando sus cabezas; le quita todos los derechos a niñas y niños que nacieron del lado equivocado del mundo, para sostener el estilo de vida de unos cuantos que se hacen los sordos, mudos y ciegos, hasta que una película de Hollywood les dice que fue muy romántica la forma en que exterminaron y saquearon a las y los niños de alguna comunidad muy lejos de sus conciencias.

* Carlos Reyes «El Charli» (CDMX, 1972). Es cantautor «rolero citadino». Fue miembro del grupo «R3moras» y actualmente pertenece a «Los gatos místicos» y «Letras Escarlatas». Participa en los colectivos «La Bohemia Subterránea» y «La Unión Revolucionarias de Trabajadores del Arte». Músico profesional desde 1994.

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