Provisiones de amor

Por *María José Bataller

Las crisis tienen la voracidad de trastocarlo todo, de meterse por todos lados como el polvo o la humedad y son especialmente eficaces para probar la solidez y resistencia de aquello que constituye nuestra realidad, empezando por nuestra persona y acabando hasta donde podamos imaginarnos.

La pandemia ha sido la crisis más intensa que hemos vivido, pues incluye a todos los individuos, aunque evidentemente los toma parados en sitios distintos, no es igual a afrontar algo que nos afecte sólo a nosotros y nuestro núcleo sino que debemos partir desde el supuesto de que en estos momentos, de una u otra manera, todos nos encontramos afectados y esta afección es el telón de fondo para hablar del amor cruzado por los problemas de dinero, el miedo a enfermar, los duelos, los proyectos en pausa, el cambio de rutinas y la casi cancelación del mundo exterior, principalmente del que nos causa deleite porque hay que seguir produciendo.

Quisiera acotar que no me refiero sólo al amor de pareja, sino a todos los vínculos afectivos que establecemos con otras personas (aunque nos hayan enseñado que encontrar a nuestra media naranja es nuestro fin supremo y que no tenerla es estar solo) pensemos entonces que todos estos afectos son nuestras provisiones mientras estamos atrapados en medio de una tormenta en la que enfrentamos tres caminos: sobrevivir con lo que teníamos en la alacena, es decir, con los vínculos que ya existían antes de esto; arriesgarnos a salir a buscar nuevas provisiones, o resignarnos sabiendo que no tenemos acopio ni ganas de buscarlo y sobrellevar esto de manera autótrofa.

Para los que se quedaron en el primer camino, el balance de la cuestión hasta este momento puede ser que sus provisiones de amor se fortalecieron y les han hecho la vida más interesante, que se dieron el tiempo de quererse, conocerse y ayudarse, pero también se da el caso de que han descubierto que no soportan a quienes los rodean, de que sus amistades no eran tan reales o profundas como creían o peor aún, existen quienes se han quedado atrapados con su agresor o suspendidos cuando planeaban irse, sólo por miedo a enfrentarse a la soledad o a un nuevo inicio.

En la segunda opción existen tremendos obstáculos: los espacios físicos para conocernos  están cancelados y aunque las redes son maravillosas y han servido para crear solidaridad, amistad y hasta romance entre desconocidos, trasladar la socialización al modo home office es una labor que sabían hacer muy bien los tímidos pero que al resto le cuesta y mucho. Dar el paso de ir de la pantalla a la vida incluye encontrar un sitio seguro, vencer la habitual desconfianza a que te roben un riñón fortalecida con aquella de que aunque sea una hermosa persona de todos modos puede matarnos por no saber que tiene el virus, y la latencia del desencanto, de que sea como esos productos chinos que se piden por paquetería. En el caso de que sea alguien que de entrada conocimos en persona, incluirlo en nuestro círculo también es un acto de fe para pensarse.

Para los que todo esto los tomó solos y no están dispuestos a cambiarlo, quiero suponer que se encontraban lo suficientemente cómodos con su situación antes de que esto sucediera y que están sobrellevando el aislamiento mejor ya sea por una extraordinaria vida interior o una profunda misantropía, que su incomodidad no es suficiente para arriesgarse a los escenarios del apartado anterior o que han reflexionado y esperan a que pase todo para cambiar.

Cabe señalar que ninguno de estos estados es permanente y que seguramente muchos hemos mudado de uno a otro durante el tiempo que ha durado la contingencia, esta posibilidad de cambiar de estado debería contribuir para que los que se encuentran bien cuiden lo que tienen y los que no, sepan que  todo puede mejorar, que aunque a veces así se sienta, no es el fin del mundo, por ahora.

* María José Bataller Álvarez (CDMX 1987). Antropóloga de formación, pajarraco nocturno que persigue, entrevista, promueve y se divierte con la creación independiente; escritora por amor, necesidad y a veces masoquismo, de una columna semanal llamada El laberinto y de un montón de cuentos que a veces disfrutan salir del clóset.

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