Rompan eso que llamamos rock

Por María José Bataller Álvarez*

¿Qué será eso a lo que llamamos rock? Es la pregunta que me taladraba el cerebro mientras veía “Rompan todo”, la nueva serie documental de Netflix que trae de cabeza al círculo al que pertenezco de melómanos, de músicos, de entusiastas y locos, quienes desde sus posibilidades y habilidades promueven, escuchan y crean contenido nuevo para una escena musical citadina que florece a pesar de la pobreza, la violencia, de lo basto del territorio, de los caimanes, del mainstream y como cerecita a pesar de la misma pandemia con su alta dosis de muerte, miedo y aislamiento. Un primer punto para este trabajo, a pesar de sus fallos, es justo ponernos a pensar como colectivo en nuestra propia historia.

Si pensamos en el rock como un sonido y una imagen, podemos decir que es un trabajo impecable en lo que se refiere a la mera forma, se escucha y se ve increíble, incluso con extractos que ya circulaban en la red y que fueron bien restaurados y montados. Se nota que hubo dinero para realizarlo por estos elementos técnicos, pero también reluce en la selección de algunas bandas (sabemos cuáles) y de algunas canciones, que son las mismas que tocan las satanizadas  bandas de covers en cualquier bar, lo que cae en el cliché y refuerza la falsa creencia de que todo el rock en español se trata de “clavado en un bar” y “de música ligera”. Pero en el documental se incluyen sonidos y estéticas que se alejan mucho del rock, que lo muestran más como una actitud, es decir que reside en las personas.   

Si pensamos que el rock son los rockeros, es interesante ver los testimonios de los participantes como fans, como seres con pasiones e historias particulares tratando de explicar la situación política y social que vivieron, pues me parece que es más importante saber qué estaban sintiendo ellos que la precisión histórica; para los hechos puros y duros tenemos los libros, son ídolos y en su momento fueron importantes, pero no podemos olvidar que acabaron teniendo el poder en la industria y entonces se volvieron conservadores al desconectarse del sentir de las masas y suelen ser tapones a lo nuevo para mantenerse.

Si leemos entre líneas las ausencias no son casuales, son una postura en el caso de los vivos, ya sea por selección de la dirección o por convicción propia, los  rockeros muertos siempre son leyenda porque no tuvieron tiempo de hacerse viejos y ser pateados por las nuevas generaciones para  tomar su lugar, en un ciclo que atañe a todas las formas de arte y a los movimientos sociales. 

Si no es completamente sonido, ni una persona, entonces es una postura política, no en vano el hilo conductor es la relación entre la represión, las dictaduras y el rock como una respuesta, como una vía de escape, como un aglutinador de voluntades, como una voz representativa; los que están al poder siempre han  reconocido el potencial transformador del género, y estoy segura de que aunque sea difícil de medir ha sido capaz de tumbar gobiernos, de conceder libertades, de  decir verdades horribles, la existencia del rock entonces es un indicador de inconformidad y el manejo que oficialmente se le da al movimiento, desde tolerarlo hasta prohibirlo y perseguirlo, habla mucho de la libertad que existe en cada sitio.

Lo que sí es imperdonable, es dejar de lado el asqueroso intervencionismo estadounidense para explicar el infierno que se vivió y se vive en el continente, cuando lo que todos tenemos en común, es que somos víctimas de sus intereses. Si lo plantemos así, cantar en español es una forma de renunciar al dominio cultural del país del norte, de apropiarnos algo que de principio fue suyo y utilizarlo para mandarlos al diablo.

Sin embargo, la unión que necesitábamos para plantarle cara a la Doctrina Monroe, vino cuando el rock ya se había convertido en un producto inocuo para ellos, es decir, sin raíces indígenas, sin carga política pero con suficiente estética para  vender y para enajenar a las nuevas generaciones concediendo libertad en la forma, pero nunca en el fondo.

Que mis tíos rockeros nunca hayan escuchado a Aquelarre o Pescado Rabioso, pero sí a Soda Stereo no es para nada un hecho inocente, sino consecuencia de una desarticulación deliberada que no estaba en los inicios del género cuando usaban suetercitos ñoños y traducían canciones en inglés y que hasta la fecha tiene secuelas, como que en los comentarios de internet los argentinos digan que son puros mexicanos en el documental, mientras nuestros compatriotas opinan lo mismo, lo que evidencia una rivalidad que prevalece y que curiosamente se contrapone con el conciliador “Rock en tu idioma”. 

Entonces, vemos en el documental a grandes personajes hablando desde su actual posición cómoda y a los que no están de acuerdo, bastante mutilados por la edición, una visión política descremada y complaciente, una sensación de unión continental bastante engañosa y que excluye a muchos países, a las mujeres metidas con calzador y con prisa y una imparcialidad que se va disolviendo conforme avanzan las décadas en los episodios a causa de la proximidad temporal con los realizadores y con los hechos incómodos.

A pesar de todo esto, a pesar de la gran compañía que lo pagó y de la megalomanía de Santaolalla que se quiere dar él solo la importancia que unicamente tiene a través del trabajo de los demás, se puede ver la rebeldía, la llama que se mueve por el tiempo y el espacio para repartir golpes a los que quieren que el mundo se quede como está, se asoma el rock, vamos a buscarlo.   

* María José Bataller Álvarez. Escritora de la columna semanal “El laberinto”, antropóloga, aficionada intensa y casi indiscriminada de la música y conductora de “Las noches del capitán gallo” y de “Talent records”. Disfruta de fungir como puente entre personas que sí tuvieron el talento para la música con el fin de crear una bola de nieve que aplaste con lo establecido o que mínimo, termine en noches de francachela memorables para todos.

 

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