Rompan todo

Por Víctor Moreno*.

Después de ver los seis episodios de la serie «Rompan Todo» (Netflix, 2020) me quedo con las siguientes conclusiones:

En lo personal, me sirvió como clase de historia acerca del movimiento rockero en Sudamérica desde sus inicios. Parte de lo que se comenta ahí me era desconocido. Las revueltas sociales y sus consecuencias políticas tuvieron difusión a nivel internacional en su momento y no me resultó tan ajeno, pero en lo que concierne a la música, por primera vez tuve acceso a información de grupos y músicos que sólo conocía por referencia; en algunos casos, nunca había escuchado de ellos ni conocía su obra aunque fueron los menos.

Concuerdo en que fue demasiada la exposición de Santaolalla durante la serie, pero a final de cuentas, queda claro que él estuvo detrás del proyecto y en consecuencia, esto era inevitable. Lo anterior no significa que haya estado mal, si no que era obvio que la serie terminara resaltando la importancia de los grupos argentinos, que la tienen.

Pero leyendo entre líneas, se puede interpretar también cómo se establecen dos extremos: en México empezó todo y disfrutó de su auge hasta empezar la década de los 70 para posteriormente perder el liderazgo; y su importancia fue tomada por los argentinos desde los ochenta, colocándose a la cabeza del rock latinoamericano hasta la fecha, aún cuando en el fondo, nunca debió ser visto como una competencia, simplemente, así se dieron las cosas por las circunstancias propias de cada región y en medio quedaron todos los demás.

Aunque evidentemente los testimonios estuvieron editados, me da la impresión de que los pusieron a modo para que resaltaran los protegidos de Santaolalla, tanto mexicanos como argentinos, colombianos, chilenos, etc. y su justificación al mestizaje del rock mezclado con cumbia, norteña, hip hop o bolero, que no forzosamente signifique que sea algo malo sino más bien, da a entender que si eres rockero latinoamericano no puedes tocar como Van Halen, Yes, Premiata o Black Sabbath. Premisa tramposa.

Para esta serie me hubiera gustado que Armando Suárez hablara de Chac Mool su grupo (cosa que no hizo, tal vez lo editaron); que el cantante de la Maldita (Vecindad y Los Hijos del Quinto Patio) entendiera que ser mexicano no solamente es encenderle veladoras a Tin Tán y que deje de colgarse de un entorno que no le tocó vivir como si fuera uno de los personajes de «Los Olvidados», repito, discurso ya muy sobado.

Que el cantante de Café Tacuba no pretenda hacerse pasar por clase media baja como declaró para congraciarse con «la banda». Que todos los que se subieron al tren del Rock Mexicano bajo la batuta de Santaolalla como La Lupita, Botellita de Jerez, La Cuca, Café Tacuba, etc., entiendan que hacer «rock chistoso» dejó de serlo cuando todos se subieron al mismo camión.

Que no es admisible que sigan satanizando a Ricardo Ochoa por decir «Chinga tu Madre» en Avándaro, pero al mismo tiempo le aplaudan a Molotov por cantar «Puto».​ Que quienes armaron el documental se hubieran acercado a las fuentes correctas para evitar difundir errores que se van a quedar como verdades históricas porque aparecieron en su serie, como lo fue decir que Rockdrigo murió en el edificio que se derrumbó en Tlatelolco, cuando realmente fue en la colonia Roma. Restaría saber si tuvieron más errores de ese tipo al hablar de los demás países.

La suma de los detalles hace que personajes como Gustavo Cerati, Charly García o Fito Páez luzcan enormes después de compararlos con las desafortunadas intervenciones de Javier Bátiz, Rubén Albarrán o Alejandro Lora que, sin demérito de su prestigio, no hicieron más que repetir su discurso de siempre.

Había más de quiénes echar mano como Jaime López, Raúl Greñas, Guillermo Briseño, Miguel «El Pastel» Robledo, Nina Galindo, Tere Estrada o Armando Nava que nos hubieran dado más carnita qué masticar con sus testimonios. Esa es mi opinión.

* Víctor Moreno. Baterista de Medusa

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