Y mi oficio es…

EDGAR RUIZ*. Para MH RADIO. Ciudad de México, 5 de febrero de 2016. 1. El abismo es un tobogán… Cuando Andy Mountains me pidió reseñar la presentación más reciente de su disco “Y mi oficio es arder” (2012), me puso en sendos apuros, pues con el paso del tiempo, este material se ha convertido en uno que podría calificar de intersticial. Se trata, pues de un disco de coyuntura en el sentido de que tiene un pie puesto en la era de la pujanza indie y otro, en estos tiempos sí de crisis, pero también de emergencias creativas independientes.

No es gratuito que sea una producción discográfica iniciada en 2011 y concluida en 2012, año en que toda la efervescencia estudiantil (entiéndase “juvenil”) se vio amainada por la desorganización política, la represión, el miedo y un viraje a la soledad: la ilusión de una ciudad de libertades democráticas había llegado a su fin… para muchos fue momento de replegarnos a las oquedades de la intimidad y desde ahí operar algún tipo de reconstrucción de origen.

“Y mi oficio es arder”, me suena pues a un descenso a la intimidad, a una suerte de cínica confesión de desprendimiento para emprender un viaje prometeico en búsqueda de nuevos y ardorosos infiernos; se trata de una suerte de provocativo “adiós” que invita a gritar “chingue su madre el mundo, qué no sabes que nos vamos a morir”, estableciendo así otra política, más bien existencial, íntima, corpórea y por supuesto, ansiosa de nuevas incertidumbres.

“Y mi oficio es arder” suena a una búsqueda de vacuidad en tanto origen de nuevas experiencias, lo cual me parece honesto y fantástico en un tiempo en que las gargantas se llenan de discursos revolucionarios sin praxis efectiva. ¿Una vía escapista? Quizás. ¡Vaya!, no es una apología individualista, sino una incesante necesidad de reencontrar los propios asideros para actuar: la invención de nuevos mitos para aquellos a quienes de origen nos ha sido negada la magia, la comunidad y los rituales.

2. Y en la puerta me piden cantar… Finalmente, tengo la impresión de que esas intimidades aisladas comienzan a emerger y a encontrarse. Hacer música, es ejercer un oficio, es una misión colectiva en la que cada individuo se constituye como el médium de un lenguaje que no le pertenece y que sin embargo, le inunda y determina. El músico desciende a su propio infierno y debe reaprender el argot. Entonces, su cuerpo se somete a la misión que le asigna la comunidad que le cobija, como si se tratara de un cargo tradicional. Y debe pues, estar en condiciones de ejercer.

Pienso que es un proceso arduo el que lleva a un músico hacia la revelación de ese lenguaje y que cobre consciencia de su oficio. Creo que “Y mi oficio es arder” es la búsqueda de un lenguaje propio que busca generar diálogo con las escenas musicales emergentes de la ciudad de México. A través de su propuesta, Andy Mountains pide la palabra. “Buenos días, ¿se puede volar”, dice la primera frase del disco que a cinco años de su aparición es reinterpretado por Andrés en un café del sur de la ciudad, frente a un público íntimo… lejos de todo reflector.

Torso desnudo, una guitarra verde, un set de pedales, loops y otros artilugios mágicoelectrónicos son su kit de herramientas. Afuera del café Lahuma se escucha todo tipo de música mientras la concurrencia liba las primeras cervezas del semestre, dominando la atmósfera con ese ruido conversacional. La mayoría no pagará su cover, ni adquirirá el disco… y no importa. Más que un tokín de rock, parece un entrenamiento, una prueba… un experimento: Andy Mountains tocará completo “Y mi oficio es arder” en un ejercicio de performance y reinterpretación, mientras la concurrencia le escucha esperando sentir el momento de sutura.

Andy pone su palabra y la concurrencia su escucha, mientras el diálogo se establece a través del noise introspectivo. Andrés acciona acordes, genera loops, percute su guitarra, emite gritos y gemidos, construye silencios, suda, tensiona y construye atmósferas con sonidos incidentales que recuerdan a algo que podríamos denominar música. Hay algo de retórica sacrificial en la invención de un ritual pictórico. Cada que termina una canción, toma un pincel con pintura y escribe palabras sobre su cuerpo. Un brazo: “sueño;” pecho: “fuego”; ombligo: rock and roll. Dudo que escriba los nombres de las canciones del disco.

Y así, en una presentación de más de una hora en la que cuerpo y canto hacen fehaciente su empeño, Andy Mountains fue deconstruyendo aquella obra pulcramente producida en 2012, hasta reducirla a sus mínimas expresiones, para después, con esos hilos, volver a tejerla poco a poco para reapropiarse de ella y ejecutarla de ahora en adelante como solista… en una suerte de reconciliación creativa consigo mismo. No es gratuito que sus padres estén ahí, asistiendo al nuevo parto musical de Andy. Resulta una presentación interesante, autorreferencial a ratos, pero no menos testimonial.

Andrés agradece a su público a la vez que desconecta su equipo. No habrá after, ni DJ al final de la presentación. La liturgia cumplió su cometido. Tengo la impresión de que se acaba de cerrar un ciclo en la carrera de Andrés y que está abriéndose paso en otro nuevo. Ahora las ocho canciones de “Y mi oficio es arder” forman parte de un nuevo contexto. En unos días más, Andy Mountains se presentará con La Lengua y Aarón Bautista en uno de los Tokíntimos organizados en domicilio desconocido… ahí donde hemos concurrido a la emergencia de nuevas propuestas artísticas independientes.

3. Vientre sin gloria. Antes de la liturgia, un joven delgado de tez pálida tomó la guitarra para abrir la presentación de Andy Mountains. Se trata de Guevara de Rodríguez, quien no ha llegado a la mayoría de edad y ostenta una hermosa tesitura en su voz… una voz que me recuerda mucho a un joven Luis Alberto Spinetta o un Sixto Rodríguez. Atractivamente distante, serio y callado, Guevara nos regala tres canciones de autoría propia de lírica melancólica e interesante armonía, haciéndonos transitar de la más jovial rítmica de temática cotidiana, a nóveles viajes interiores.

Guevara de Rodríguez ha sido alumno de Andrés y ahora confluye en La Máquina de Canciones, colectivo creativo dedicado a la producción musical independiente, encabezado por Andy Mountains, De la Diáspora y Aarón Bautista, quienes además de tener repertorios propios que van compartiendo en algunos espacios de la ciudad, ejecutan rolas en común a manera de ensamble experimental. Todos estos, son proyectos emergentes a los que creo hay que estar atentos por las articulaciones que puedan ir generando con otros músicos y espacios.

* Edgar Ruiz es licenciado en sociología por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Fue becario del proyecto Universos Sonoros Mayas del Centro de Estudios Mayas de la Unam. Líneas de investigación: sociología de la cultura y rock indígena en Chiapas. Participó en el  libro Etnorock. Los rostros de una música global en el sur de México con la investigación Los orígenes de Vayijel. Un paraje en los senderos del rock, libro coordinado por Martín de la Cruz López Moya, Efraín Ascencio Cedillo y Juan Pablo Cebada Carbonell, editorial Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas-Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica: Juan Pablos Editor, 2014.

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